martes, 11 de febrero de 2014

Retomar el gimnasio me hace comerme el mundo en cucharita



Una vez más las mil culpas de tomar cerveza todos los días, del fernet con coca, de las pizzas y las picaditas, vida social de acá y de allá digna de las vacaciones en Bahía Blanca, invaden mi alma cuando piso Capital y, sin pensarlo dos veces, me anoto en el gimnasio el segundo día que llego, con cara de ogt y 260$ menos en mi billetera. Porque gente, vamos a ser sinceros, si lo pensamos dos veces llega diciembre de nuevo y me encuentro en la playa alejada del agua para que no me confundan con una ballena.
No más dije frente al espejo, el 2015 será mi verano: me calcé las altas llantas, las calzitas, la remera gigante con alguna inscripción grasa, rodete asqueroso, la botellita de agua y los tres litros de desodorante, lista para enfrentar una vez más ese gimnasio de 2x2, sin aire acondicionado y con los 40 grados y 75% de humedad que caracterizan a la ciudad de la furia durante los meses de verano.
Sintiéndome la mina más fea de la ciudad, entro al gimnasio y automáticamente me doy cuenta que no encajo: todos parecen felices ahí adentro. No entiendo, ¿No prefieren estar clavándose una medialuna con jamón y queso en sus casas? Encima me estoy perdiendo Friends, y voy a tener que llegar, bañarme, cocinarme, existir, respirar, estudiar. Estudiar. Entre no encajar en un mundo feliz de gente atlética y estudiar, me quedo mil veces con la marginalidad de mi cuerpo con paja a flor de piel. Mientras me dirijo al piso de arriba donde se dan las clases que “son mas entretenidas”, según el que me cobró la cuota, me comienzo a preguntar qué tendrán de entretenidas, si va a haber un televisor pasándome alguna peli o un caño en cuero va a dar la clase, y me doy cuenta entre imágenes de un chabón muy goma levantando pesas y de una vieja con calzas floreadas que ya me tomé media botella de agua con solo subir las escaleras. Nivel de estado físico: -40, voy a necesitar un tanque de oxígeno, menos mal que me pidieron ficha de salud.
Estoy segura que la respuesta a qué es lo entretenido de la clase me forcé a encontrarla sola, porque realmente era un garrón. “¡Salte, salte, patee, patee, piña, piña, respire, respire!” dice el profesor que de caño al final no tenía nada, pero andate a la concha de tu madre flaco, no puedo coordinar nada de lo que me decís. En un intento desesperado por entretener mi cabeza y que la hora pase más rápido, comencé como buena hija de puta a calificar a mis compañeros de clase, y noté que siempre, en cada gimnasio que fui se encuentran los mismos patrones.
Adelante del todo, pegada al profesor, estaba la vieja gato. Es esa vieja que se comió que todavía tiene treinta y se calza todo dorado. Zapatillas con cámara de aire dorada, calza negra con bordes dorados, y encima cae con aros y con los labios pintados. Creo que esta le tenía ganas al profesor, puedo jurar que le miraba la entrepierna cada vez que podía. ¿Quién dijo que solo los viejos eran los verdes? Encima coordinaba menos que yo y  cagaba a palos a todos los que los rodeaba por tirar patada izquierda cuando era derecha y viceversa. En un momento entre la canción “beijo en la boca” de Axe Bahía y “I’m sexy and I know it” una mujer la llamó con el nombre Petunia, por favor, ojalá haya escuchado bien porque ese dato me hizo feliz el resto de mi día. Y si en verdad era María, no importa, quiero vivir una mentira.
Al lado mío estaban la madre y la hija. Classic de classics. La madre de unos 50 y la hija que rodeaba los 20, exactamente iguales, chivando al ritmo de la misma gota, me causaban gracia. Las miraba de reojo y, en mi mente podrida, la hija parecía esforzarse de más solo para no parecerse en un futuro a su mamá que se había clavado una remera cortita que decía “Rock and love” y unas calzas cinco talles menos blanca con Converse All Star rojas. Me pareció una buena motivación para continuar yendo al gimnasio y deseé que mi mamá viviera en Capital y vaya conmigo. Perdón má, va de onda pal blog.
Al lado de la vieja dorada estaban las atléticas, ese grupo que te dan ganas de automáticamente cortarte las venas con un doble cuarto de libra. Todas un lomazo, re tuneadas con ropa del gimnasio marca Nike, que pegan unas patadas voladoras y se saben todos los pasos. Saludan al profesor con un beso y le guiñan el ojo entre canciones. Son ese grupo de tres minas que sea la hora que sea que vayas se encuentran en el gimnasio y te hacen preguntarse si tienen una vida social o si alguna vez la ponen. Yo no hago ninguna de las dos cosas pero la idea es bardearlas a ellas. Están re felices toda la clase encima, dios chabonas, basta, sea normales, dormí la siesta después de almorzar, mirate tres pelis al hilo, COMETE UN SACRAMENTO GRASOSO CON CINDOR Y BAJALO CON UN HUEVO FRITO Y DEJAME SER UNA MORSA EN PAZ!!!
Y, de repente, sin previo aviso, me di cuenta que observar y criticar a las atléticas me había tomado más tiempo del que me imagine ya que la clase se estaba acabando y comenzábamos a elongar. Satisfecha con mi entretenimiento, pensé en que la clase no había sido tan de mierda y que ya había explotado todo lo que me rodeaba cuando, mientras cada uno agarraba sus cosas para marcharse, observo el espejo y me encuentro con el peor individuo de los gimnasios. Si gente, el goma. Pibe con cara de llamarse Mogul, se encontraba nada más y nada menos que sacándose una foto con, atención, LA REMERA LEVANTADA, frente al espejo, mostrando sus ravioles. Mi vista es muy mala, asique me froté los ojos, tomé agua y lo volví a mirar. Ponía caras, entienden? Ponía caras. Yo sé que vive y deja vivir pero, qué le pasa al mundo? Eso gana?. Encima lo miraba mucho y creo que comió que le quería dar. Flaco, tenes hecho un jopo en la cabeza, te estás sacando una foto en un gimnasio con las paredes sin revocar en el barrio de Once, vestís una musculosa que dice Frizzé, ASÍ NADIE TE VA A TOCAR JAMÁS, va de onda pero se me ligaron solas las trompas de Falopio y juré nunca reproducirme por miedo a que mi hijo salga así. Conteniendo un par de arcadas, bajo las escaleras para irme de ese lugar y, mientras caminaba a casa, me dí cuenta que me sentía bien. Que tenía las endorfinas alteradas, buen humor, fantaseé con una hora de gimnasio que algún día podría unirme al grupo de las atléticas, capaz puedo comprarme en La Salada alguna remera Nike trucha y capaz me deja de gustar la cerveza y reemplazarla por las bicis,  y capaz empiezo a pasar más tiempo ahí adentro y me quiero cambiar de carrera a educación física, andá a saber, ahora que salgo tan feliz del gimnasio todo puede ser posible. Puedo con todo, les juro que me lo re creí chabón.
Y ahora, 22 hs después, les escribo al ritmo de un sanguche de jamón y queso bajado con coca cola y les cuento que es el segundo día y voy a faltar: me duelen las piernas, no puedo estirar los brazos y tuve dos calambres anoche. Y les escribí un mensajito de texto mental a las atléticas, mi nuevo grupo social imaginario: la vida deportista me va a tener que esperar, chichis, me gusta más dormir la siesta y escabiar.



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