Todos tenemos un habitante inesperado interno, viviendo de un recuerdo.
De vez en cuando aparece y nos pone a pensar.
Esperas que el cerebro se te aquiete. El recuerdo se retroalimenta más.
Pero sigue estando ahí, y su idea central no es más que la espina dorsal de otras memorias más complejas y profundas.
¿Qué hacer cuando temes escaparte de vos mismo?
Esa cálida oleada de placer que te recorre el cuerpo cuando esa memoria dolorosa se aleja muchas veces parece no llegar.
Quizás una foto, quizás una película, quizás un momento, lo destapa y tu cerebro lo invita a pasar.
Cerrá los ojos y contá hasta a tres. Simplemente no se va.
Porque todos tenemos un recuerdo que nos asusta, y lo apartamos cuanto antes de nuestra cabeza.
Porque todos esperamos encontrarnos en alguien lo suficientemente fuerte para perdernos de nosotros mismos un rato.
Y porque, cuando lo encontramos, nos sentimos más nosotros que nunca.
jueves, 22 de octubre de 2015
miércoles, 30 de septiembre de 2015
Carta a mí misma en diez años
Querida Cintia de 35 años:
Espero que estés bien, que hayas encontrado tu trabajo
ideal, que tengas gente increíble rodéandote, un departamento propio, que Teo
finalmente tenga novia. Pero sobretodo, Cintia, espero que no hayas
recuperado los 15 kg que bajaste, media pila. Nota mental: dejar de darle rienda suelta a
las medialunas desde ahora.
Al menos a los 24 años, te empezó a dar miedo olvidar
ciertos pensamientos y sensaciones. Sensaciones que capaz no volves a tener, o
a recuperar. Así que mejor archivarla en letritas, pensaste. Ojalá para tu versión de
Cintia de casi 35 años siga existiendo el blog. Capaz aparezco en un holograma
relatándote esto, qué fiesta.
Hoy, con casi diez años menos, aprendiste y a veces te
despertás analizando cosas como si tuvieras más edad. Tu capacidad analítica y
casi precisa del día a día a veces te asusta. Aprendiste a los golpes que si
tenes paciencia todo te va a llegar. Que con trabajo y perseverancia, y mucha pasión y enfoque, una por una van
cayendo las cosas.
Te enamoraste más de una vez, y no solo de personas. Notaste
después de varias noches dando vueltas en tu almohada que el amor propio es lo
que te hace levantarte cada mañana. Que desarrollando al máximo tus objetivos,
queriéndote y aceptándote tal como sos, llega el amor hacia los demás (y de los
demás hacia vos).
Descubriste que el amor no es lo único que se necesita para
que funcione una relación. De hecho, es quizás uno de los factores menos
determinantes. Porque quisiste, diste todo, pero te dejaron sola. O tus ganas
siempre fueron más. Y capaz lo que más admiras de vos misma es que no importa:
todavía conservas tu capacidad de intentar. Solo aprendiste a tener más
cuidado. A valorar lo bueno que tenes, y a buscar lo mismo en la otra persona. Que
sea mutuo, o que no sea nada.
Aprendiste a no dejar las cosas por la mitad. En el trabajo,
en el amor, en la amistad y hasta cuando ordenas tu departamento. Que las cosas
a medio hacer a la larga te afectan y no te dejan dormir por la noche, casi
obsesivamente. No te dan miedo las obsesiones que te hacen mejorar, las abrazas
y las invitás a tu mesa. También, descubriste que el ser humano miente constantemente, y que a veces nos gusta y elegimos creer. Que haber nacido persona pensante conlleva un grado de masoquismo importante.
Admitiste que la familia y los amigos son lo que siempre
quedan al final de tu día. Que podes incorporar gente nueva sin miedo en
cualquier etapa de tu vida. Que pensaste que los amigos del colegio eran los
únicos que podían ser sólidos, y cuánto te equivocaste. Desarrollaste una
capacidad de aceptar a las personas que te rodean tal cual son, para que ellos
también te acepten así. Que la familia siempre, siempre va a estar, por más que
quieras alejarlos. Es amor inagotable, te guste o no.
Ojalá Cintia, que no hayas olvidado todo esto, y hayas
aprendido mil párrafos más. Seguramente te vuelva a escribir, o capaz me limite
a vivir. Ojalá sigas siempre de buenhumor, ojalá te estén cuidando, ojalá sigas
acordándote todos los días de tu abuela. Ojalá te estes dedicando a escribir.
Y si todo eso no pasa Cintia, no importa. A los 15 querías ser médica y teñirte el pelo de azul … quién soy yo para decirte, con casi 25, lo que vas a querer diez años después? Conservá tu frescura, y tus ganas. Te quiero más que nunca.
Cintia versión 2015.
jueves, 10 de septiembre de 2015
Empecé pilates por SALUD
Llegué a ese momento. Llegué a ese momento de mi vida en el
que dije en voz alta “tengo que empezar algún deporte por SALUD”. S A L U D,
entienden? Ya dejé de intentar estar buena, y entré en la etapa de que subo
escaleras del subte y me agito. Me preocupan los análisis. No te corro un bondi
ni en pedo. Me duele banda la espalda, chicos.
Y empecé a pensar… ¿Qué puedo hacer que no requiera ir todos
los días, que no tenga que moverme mucho, ni exija comprarme cosas como gorro
de baño y antiparras, y no me haga transpirar mucho? Y así llego a mi vida la
nueva etapa que llamaré de ahora en más “El periodo pilates”.
El periodo pilates consistió en varias fases. La primera fue
anunciarle a la gente que me rodeaba que iba a empezar. “Ay chicas, el viernes
arranco pilates”, “Ma, el viernes voy a
pilates”, así, re gedienta todo el día. Con esto yo tenía la ilusión que la
presión social me iba a obligar a empezar. Nunca pasó, descubrí que no cedo
ante esta presión a los 12 años cuando me ofrecieron un cigarrillo y me dio
miedo que me descubran. Me fui corriendo. Nací condenada al fracaso social,
fumar era cool.
A la segunda fase me gustaría llamarla “Ke flasheá amiwa”.
En esta, tras anunciarlo durante varias semanas y no recibir cabida de nadie,
me anoté en un instituto a la vuelta del trabajo. Y acá flasheé zarpado. Droga,
mucha droga.
Top 3 máxima gilada by Cintia:
3. Empecé a no usar más el ascensor y subir los seis pisos de mi departamento en escalera para “prepararme”. Apuesten cuánto me duro. Opciones: dos días/una tarde/tres pisos, y me tomé el ascensor. Sí, es la última, ganaste un caramelo media hora.
2. Intenté la dieta. Me compré para merendar en el laburo granola, cualquiera, miré las calorías y engorda más que un Jorgito triple. Un día comí una barrita de cereal, fue horrible. Duró menos que el punto anterior.
Top 3 máxima gilada by Cintia:
3. Empecé a no usar más el ascensor y subir los seis pisos de mi departamento en escalera para “prepararme”. Apuesten cuánto me duro. Opciones: dos días/una tarde/tres pisos, y me tomé el ascensor. Sí, es la última, ganaste un caramelo media hora.
2. Intenté la dieta. Me compré para merendar en el laburo granola, cualquiera, miré las calorías y engorda más que un Jorgito triple. Un día comí una barrita de cereal, fue horrible. Duró menos que el punto anterior.
1. ME COMPRÉ UNA CALZA DEPORTIVA CON LINEAS AMARILLAS A LOS COSTADOS. OXFORD. No
voy a acotar nada más, me parece que ya está todo dicho.
Y la tercera, y la fase de acción, va a ser denominada “La
salud no es lo importante”. El viernes arranqué. Pedí permiso en el trabajo
para salir quince minutos más temprano los viernes para empezar pilates, y no
tuvieron problema. Acá me planteé si me verán gorda y ya ni lo disimulan. Me
traje la ropa en la mochila y me cambié en el baño. Para salir del edificio,
hay que atravesar toda la empresa: perdí todo tipo de respeto con mi calza
Oxford caminando entre los escritorios con mis llantas rosas. Nota mental:
tirarla. O tírame yo.
Las zapatillas deportivas para qué serán, se habrá
preguntado la profesora cuando me abrió la puerta, pilates se hace descalza. Lo
descubrí ese día, sale caer de ojotas. Lo buena que estaba la mina, ofendía.
Cuerpazo, flaca, tetas enormes, culo parado. ¿Se supone que esto me tenía que
inspirar? No, la envidia femenina no me deja, soy humana chicus. Mis compañeros
eran dos viejos de unos 60 años a los que le salía todo. Yo no solo no
coordinaba los brazos con las piernas, sino que se me cansaban y cuando la
profesora se daba vuelta no hacía nada. Primera clase. Los viejos no paraban de
mirarle el culo. Yo miraba el reloj. Me pregunté durante los 55 minutos en los
que chivé arriba de una camilla al ritmo de música hindú cómo haría esa mina
para estar tan buena, qué hice mal yo, por qué me dolían tanto las rodillas si tengo
24 años y por qué había un cuadro de un chancho vestido con ropa de buda.
Salí menos relajada que antes. En el ascensor, mientras
bajaba a abrirnos, la profesora dijo la frase que respondió mis dudas: “Hoy en
todo el día solo comí una tostada con un café, qué colgada soy con la comida”.
Yo, mientras, recorría en mi cabeza la línea del tiempo que empezó a las 8 am
con tres facturas con pastelera, y que culminó a las 19 hs con un sanguichito
de jamón crudo que estaba tremendo.
Hoy, seis días más tarde de mi primera clase, y teniendo la
segunda mañana, me duele todo. El alma, los brazos, las gambas y la panza
porque me comí un paquete de twistos con chocolatada. Combinaciones
misteriosas. Hoy, tengo miedo de mañana. Hoy redacté el mensajito avisando que
mañana no iba y no me animé a mandarlo. Mejor empiezo a anunciarlo a la gente
que me rodea que tengo mi segunda clase… en una de esas vuelvo a la primer
fase, la presión social finalmente funciona, y mañana me clavo mi calza flúor y
le aflojo al crudo.
miércoles, 21 de enero de 2015
miedos veraniegos
Son miedos que paralizan. Que no me dejan volver a empezar.
Que toman vida propia, y un lugar en mi placard.
Que reprimen la felicidad, que me llevan esta mediocridad.
Son miedos que sobrepasan el tiempo, que pesan la vida misma.
Que de noche me acosan, patotean, me hacen retroceder.
Son miedos que quieren volver.
O quizás nunca se fueron.
Quizás ya me encariñé, quizás es mi manera de obviar que vas a volver.
Quizás es mi manera ilusa de pensar que vas a tocar mi puerta y llevarte (de una buena vez por todas) estos miedos que me instalaste y dejaste almacenados, sin ticket de cambio, para que mi tiempo no te olvide y se me instale el aroma de tu lejana y confortante voz.
domingo, 14 de diciembre de 2014
Un 25 pero de amor, por favor.
Ya lo previno Palmer alrededor del 85 en uno de sus temas:
“Mejor lo aceptas, sos adicto al amor”. Y lo repite una y otra vez, para que
todos lo entendamos.
Sentirse acompañado es una droga de la que pocos pueden
zafar. Algunos se atreven a decirle que no después de un par de malos viajes,
después que les pegó feo. Pero algunos, algunos varios, perseverantes e
inocentes, quieren cada vez más. Dicen que de probar el amor no se vuelve. Lo
eligen una y otra vez sin distinguir calidad, siendo lo mismo su pureza o si es
una mezcla de pasto chileno, vidrio de tubo fluorescente y meo de perro chihuahua.
Por suerte para todos los adictos, nos encontramos
contemporáneos a un mundo de tecnología donde internet nos permite encontrar alguien
que brinde una dosis en un abrir y cerrar de ojos. Y sin discriminar. La
actualidad nos permiten filtrar parejas ideales: te guste el color amarillo,
seas de boca, si te gustan solo los de escorpio, quieras sexo de a cinco,
látigos, tengas el TOC de lavarte las manos cada cinco segundos, solo te gusten
los hombres con bigote o te encantan los veganos, las redes sociales nos hacen
un recoveco hasta en los placares más oscuros. Todos, absolutamente todos,
quieren un poco la droga más poderosa del mundo.
Empecé a pensar y entre sueños se me ocurrió que quizás el
amor sí tiene medidas. Dicen que el real no, dicen que es imparable. Me fui a
dormir hace dos noches y anoté en la libretita que habita en mi mesita de luz “el
amor no tiene medidas”. Y abajo un signo de interrogación. Grande, y lo subrayé.
En mi asociación libre noctámbula puse en gran duda y quise resaltar mi
desacuerdo. Me levanté y no recordaba haberlo escrito; pero sí la sensación.
Le agarro el lado filosófico cuántico y les digo que el
mundo no para, no para un segundo. Son las personas que nos rodean las que le
ponen freno a los segundos. Sí, como Cortázar, creo que el tiempo se mide en
personas. La adicción a querer escapar constantemente de nuestra realidad, de
lo que nos genera otro ser humano, es lo que nos mantiene vivos.
De amor entiendo poco. Ni creo querer entender. Entiendo del
amor sin medidas a mis amigos, del amor adolescente, entiendo del amor efímero.
Entiendo del amor a la familia. A los perros, y a las películas. Pero sí
entiendo sobre cómo el amor imparable, adictivo, puede llevar a la locura. Lo
leí una vez en un libro: “Es la peor droga porque se encuentra en otra persona,
y tiene patitas y piensa por cuenta propia”.
De amor entiendo poco. Ni quiero querer entender todavía.
Entiendo sobre el amor que me rodea ahora, entiendo sobre mi falta de adicción.
Como probar la metanfetamina, es algo que da miedo y cuesta no poder parar. Te
llevará de la completa felicidad, al dolor más imparable.
Lo aseguro, y se los canto, el amor es una adicción: el
secreto está en encontrar un vicio en el amor propio y, quizás ahí, un dealer
tan puro que el riesgo de pagar ese precio alto, e inyectarte esa dosis ya no
requiera tu dolor.
domingo, 30 de noviembre de 2014
último llamado
Irse a vivir sola te hace creer
que te vas a comer el mundo en cucharita. Al menos a mí, que con 19 años recién
cumplidos le dije a mamá y papá: “Me rajo pa Capital”. Y así, dejé atrás la
carrera de turismo, la gente bahiense, la comida de mami, la contención de la
abuela. Y de un día para otro irrumpí en el departamento donde mi hermana vivía
sola hace seis años, le dije “Llegué, haceme lugarcito” y se la tuvo que
bancar. Lo mismo le dije a la ciudad.
Lo que nadie te avisa es que, si
estas acostumbrada a vivir en una ciudad diez veces más chica, jamás te tomaste
un colectivo en tu vida y cuando salís a bailar conoces a todos, Capital no te
da la bienvenida que tanto imaginaste en tu cabeza noctámbula desde el momento
en que decidiste convertirla en tu hogar.
Si, Bahía Blanca es una ciudad
grande. Sí, queda en la provincia de Buenos Aires. No, no hay caballos y usamos
carreta para transportarnos. Y sí gente, hay taxis. Pero también les tengo que
reconocer que me sentí de otro planeta. Me encontré entrando a panaderías y
pidiendo un sanguichitos sabor “primavera” y, ante la cara de poker de la Sra.
Panadera la quinta vez que lo pedí, concluí que ese sanguichito no existía. Me vi
diciéndole a mis amigas que llevaba masitas para el mate y, cuando llegué, me
miraron desilusionadas porque esperaban altas masas de confitería y yo caí con
un paquete de surtido marca Carrefour. Me avergoncé parando al subte con el
brazo, me caí en el colectivo arriba de una viejita más de una vez, pregunté
cuánto salía el Tarjebus en un kiosco (léase el equivalente SUBE en las Little citys)
y me escuché decir la palabra “chuflo” para referirme a la colita para el pelo.
Y es que todo es una transición.
Nadie te avisa y nadie te advierte. Nadie te da un manual contándote que acá a
la hamburguesa se le dice Paty, por la marca. O que hay días que los
auriculares van a ser tu religión porque el ruido de la ciudad te va a sofocar,
te va a ahogar. Nadie te cuenta que la gente no pide perdón, ni te dice
gracias. Ni se sorprende cuando vos lo haces. Ninguna persona te previene sobre
la mujer que está desnuda en el cajero de Pueyrredón y Córdoba, ni mucho menos
sobre la posibilidad diaria de quedarse estancado en un subte comprimida
trecientas personas. Tampoco sobre la necesidad de tener botas de lluvia y
paraguas. Y sobre la línea 29, que pasa siempre o no pasa nunca.
Y es que la lista de pesos
diarios y sacrificios, miedos, que requiere alejarte de todo a lo que estás
acostumbrada desde que naciste aumenta cada año cuando te mudas a una ciudad
que, literalmente, es la furia, pero hay otra mucho más larga y sólida que pude
armar. Que me sostuvo estos cinco años acá. Que me hace enamorar de los
edificios, de la ausencia de espacios verdes, de los tiempos compulsivos. Me
puedo sentar a leer sola en un bar, puedo cantar por la calle en voz alta y nadie
me va a mirar. Puedo encontrar cualquier libro de cualquier edición con tan
solo llegar a la Av. Corrientes. Puedo sentarme en una plaza para olvidar.
Puedo darme cuenta que mi pelo ya no tiene frizz, que tanto él como yo nos
acostumbramos al clima con que nos recibió. Puedo estar muy feliz cuando corre
viento. Puedo empezar a apreciar las buenas comidas. Puedo dejar el egoísmo
atrás porque la ciudad me gana en forra por goleada. Puedo conocer gente nueva absolutamente
todos los días. Pude crecer, pude creer, pude tratar y lo pude lograr.
Me atrevo a hacer lo impensable, le cambio las palabras a
Cerati y les aseguro: encontrar mi hogar en este caos porteño es VIRTUD.
viernes, 21 de noviembre de 2014
que no haya nada
Un sinsentido interminable. Intentar mantenerme de pie resulta un acto
imposible. Las cosas dan vueltas y el corazón salta, palpito adrenalina.
Si hacia frio, no lo sentí. Si hacía calor, tampoco.
Era como estar en un trance de muerte, porque si miraba a mis costados
no había nada. Solo imágenes, recuerdos. Sin puerta de salida ni ventanas con
luz. Nunca quise escapar tanto de mí misma.
Las palabras salían de tu boca, intentaba detenerlas pero no podía. Y
pensaba alternativas para detener este vomito verbal y era luchar contra todos
mis miedos, recorrer todas mis dudas. Escuchar en voz alta todo aquello que nunca
pedí enterarme era volverlo real.
¿Y para qué intentar cerrar los ojos? Si mi mundo se volvía una
calesita. Otra vez esos recuerdos que intentaba bloquear todo el tiempo. Querías
ser libre, y yo no. Te ví volar.
Y surgió la nostalgia, como si estuvieran desesperada por salir de una
jaula, enterrada por años. Reprimida. El aroma que me dejaste en un cajón, el
tacto, vos, vos y yo: nuestro tiempo. Que resultó ser solo tuyo.
Y deseé con todas mis fuerzas ir al pasado.
Ir al reencuentro. Conmigo misma. Con lo que era antes de ser nosotros.
Y esta vez, finalmente,
pude volver a encontrarme. Otra vez, me ví.
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