Me emociono con el sonido de pajaritos que emite el ringtone
de mi whatsapp. Emisor: mamá. En cualquier momento le cambio el nombre a “Juan”
así aunque sea me siento un poco menor loser. En su mensaje me cuenta que “La abuela me
manda a decirte que te regala una malla para navidad, que vayas y te la compres
en Buenos Aires antes de volver que hay más variedad”. Bueno, esta es la
traducción, su mensaje real fue algo así como “abuela regalo navidad buenos aires,
ok”. Tantos años juntas ya me enseñaron a descifrar sus mensajes en clave.
Bueno, llegó. Llegó el momento que tanto temí todo el año mientras chivaba como
futbolista en spinning: enfrentar la bikini.
Porque, mujeres, no me van a negar que la hija de puta nació
para cagarnos la vida. Todo aquello que logramos esconder como reinas durante
el año queda expuesto durante los meses diciembre/enero/febrero sin compasión
y, mientras más veranos sumamos a nuestro calendario, se pone más jodida la
forra. Si, cuando hablo de “la forra” me refiero a la bikini.
Dos días después del mensaje del demonio tenía la tarde
libre y un malhumor que contagiaba asique me decidí a ir al alto Palermo a
deprimirme, total mi día ya había sido una mierda: qué tanto puede desmejorar?.
Mucho, a veces soy muy pelotuda.
Mientras me ponía el vestido y los zapatos me miraba al
espejo de reojo para ver qué tan al horno estaba. Prefiero no contarles, sé que
una imagen de bomba sexual mía existe en sus cabezas y no quiero arruinarlo. Me
subo al 29 y miro con envidia a la morocha anoréxica que se está clavando un
milka mouse triple adelante mio. Le tiré las peores vibras, les juro, seguro
tuvo un día chotísimo por mi culpa.
Llego y empiezo a mirar. Extranjeros con bolsas de Tommy
Hilfiger y otras marcas importadas ocupaban todas las vidrieras y sonreían
porque pagaban en dólares, y no me dejaban ser, loco vuélvanse a su país. Finalmente
me dejo de dar vueltas y agredir mentalmente a los que me rodean como forma de
escape de mi misma y entro a Materia.
Dos vendedoras me observaban en un local vacío y me ponían nerviosas. Una tenía
más cara de orto que yo y la otra le hablaba sobre su casi novio que, si la
historia que contaba era real, me daban ganas de gritarle en la cara “FLACA, ME
LO TENGO QUE COGER YO PARA QUE ENTIENDAS QUE SOS UNA CORNUDA?” pero me
concentré en el perchero donde estaban las mallas. Esta me hace chata, este
color es una grasada, quién mierda se puede poner una malla animal print?, esta
es parecida a la del año pasado, esta zafa, la que no zafa soy yo. Bue, la
agarro, me tiembla la mano y le tiro una ojeada a mi panza. La vendedora
cornuda no me ve, pero la otra me acerca y me pregunta si me la quiero probar
con cara de “te va a quedar muy mal” o capaz la que tenía cara de “esto me va a
quedar pal ojete” era yo.
Entro al probador y tengo que hacer un apartado en este
punto. Para mí, que el creador de los probadores buscaba que nos sintamos muy
mal con nosotras mismas. La luz no favorece ni a la mina más linda del mundo,
el pequeño tamaño de los mismos nos hace ponernos creativas para hacer
malabares con la ropa, cartera y otros objetos que nos rodean, las cortinas
siempre se abren. Y yo, que me sentía una ballena a la que pronto vendría
Greenpeace a rescatar, ese día sentía que el probador era el culpable de todo y
no el cuarto de libra que me había comido hace dos días.
Me pruebo el corpiño. Bueno, no está tan mal, tengo menos
diez en tetas pero qué se yo, zafa. Ahora, está comprobado científicamente que
el tamaño de la bombacha es inversamente proporcional al tamaño del corpiño,
dividido por la masa corporal de la mujer que se la prueba, da como resultado
un matambre digno de colgar en una carnicería. Yo me he probado en mi vida
cosas que me quedaban para el ojete (minivestido con espalda descubierta de Cuesta Blaca, dios mio, jamás superaré tu
imagen sobre mi cuerpo), pero realmente esta bombacha mega tanga era el
infierno de las gorditas. No, te juro que salía de ahí y le rogaba a canal 13
que me acepte en Cuestión de peso. No sé si es que mi respiración se comenzó a
agitar y la vendedora me escuchó, porque la hija de puta me abrió de par en par
la cortina al compás de un “¿Cómo te queeeeeeda…???” con tonito. Así, sin
filtro, abrió. FORRA ANDATE DE ACÁ DEJAME DEPRIMIRME EN PAZ. Y encima tuvo el
descaro de decir “ay te queda pintada”. O sea, ¿Sos ciega? Puedo hacer de doble
de la Tota Santillán. Negué con la cabeza y con voz de emo le susurré a ella y
a mí misma “esto es un horror”. Y la mina, que para mí era mala persona en
serio, le gritó con una voz de pito que me rompió el tímpano a su compañera “Gabiiiiiiiiiiii,
o no que le queda re bien?”. Mi mente y su capacidad de crear cosas en
microsegundos se las imaginó ni bien salgo del local cagándose de risa de la
morsa en bikini, no dios, tengo que cerrar la cortina antes que venga la
cornuda y un ser más de este mundo me vea así. Me visto y la hija de puta tiene
el descaro de preguntarme con qué pagaba, si tarjeta o efectivo. Esto es mi
infierno. No amiga, no. Salgo del local, odiando a la mina, al local, a la
ropa, al novio de la cornuda, a la sociedad y a la anoréxica del 29.
Mientras miraba a la gente que me rodeaba en el shopping, me
acordé de mi amiga Gise que habló en su tesis sobre los cuerpos de las mujeres
y sobre cómo la ropa nos hace sentirnos mal porque los talles son mínimos. Me
acordé de cuando acompañé a mis amigas que son un palito de helado a comprarse
un jean y ninguno les entró. Me acordé de la desilusión de que no me entre ese
vestido, ese jean y esa musculosa. Me acordé y sentí lo injusto que era todo,
pero al menos era compartido y algún día nos vamos a revolucionar y prender
fuego todo. Creyéndome que con esa reflexión podía dejar atrás el accidente de
la bikini y empezando a armar este texto en mi cabeza, caminé dos cuadras, miré por la vidriera y ví
exactamente lo que me hacía falta en ese momento, sonreí, me acerqué a la
vendedora y le dije “Un cuarto de helado todo de chocolate con almendras, por
favor”.
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