martes, 3 de diciembre de 2013

Estudiar en Starbucks

Por @cgrinstein //


Se acercan los finales y mi capacidad de estudio sobre estas fechas se vuelve nula. El clásico: no puedo estar más de una hora estudiando en un mismo lugar del departamento porque me empiezo a arañar la cabeza, pensar en qué colores quedaría bien con el sillón del living, buscarle los defectos a mi perro y cambiar la yerba del mate cada tres cebadas. Juro que me terminé tres paquetes en menos de 7 días.

Uno de mis escapes cuando ya son alrededor de las 17 hs y ya recorrí cada recoveco del dpto. es dirigirme hacia el Starbucks más cercano. El de Callao y Viamonte. En tan solo cuatro cuadras cuento con tres diferentes pisos donde expandir mi indignación de estudio, y además ligo un frapuccino de frutilla como excusa. Hoy, específicamente, entré y el lugar estaba casi vacío, hago mi pedido a un latinoamericano sobreexcitado con todo lo que le rodeaba y me siento en una mesa con cuatro sillas solo para mi donde pretendía estirarme y estar tranquila.

Tras una hora y tres fotocopias sobre “por qué es tan importante saber los géneros narrativos” la cosa comenzaba aburrirme y empecé a notar que el lugar estaba mucho más lleno que cuando llegué. Y una vez que a una le agarra el gustito al blog, debo confesar que todo en mi vida me parece una columna y empecé a mirar con ojos de escritora los personajes que me rodeaban.

A mi izquierda se sentaba el grupo #1 al que me gustaría llamar “La del embarazo adolescente, el goma y el pequeño infumable”. Este grupo estaba compuesto por una mujer de unos 25 años con cara de cansada, su hijo Santiago de aproximadamente 7 y “El goma” que era un hombre de alrededor de los 30, gordito, de ojos claros, y bastante pelotudo, esas personas que te dan ganas de pegarle y no sabes bien por qué. Por la manera en que el goma se expresaba con el nene, era una cita de la madre y se lo quería comprar. El pendejo a todo lo que el goma le decía, le respondía con un “chupala” acompañado por una agarrada de huevos. Tanto yo como la policía de la entrada nos cagábamos de risa por dentro: lo vi en sus ojos. La madre, con mucha cara de “Por qué no me cuidé a los 18?”, lo retaba con desgana y terminó encajándole el celular y los auriculares en un intento desesperado por quedar bien delante de su cita. Error. El pibito empezó a cantar a toda voz una canción bastante de mierda e interrumpía cada chamullo que el goma le tiraba a la madre, que se hacía la concentrada en sus palabras pero le pegaba codazos por debajo de la mesa a su hijo. La historia termina con el padre del nene viniéndolo a buscar y el goma despidiéndose de su cita, sin ligar ni un garche y encima pagándole a un pendejo de mierda una chocolatada de 40$.

El grupo #2 recibieron el nombre en mi cuaderno de “Los virgazos”. Estaban a mi derecha y eran cuatro hombres de unos treinta años. Al de remera roja me daban ganas de levantarme, hacerle un favor y decirle “Che, flaco, perdón que te joda pero si tenes orejas tan grandes me parece que raparte es un error”. Al de jean de dragones le mandaría una orden de restricción y al equipo de Fashion Police. Al que tenia puesta una gorra, cadena de oro con símbolo de la paz y lentes de sol, simplemente le escupiría la cara y me sacaría los ojos para no verlo y, al único que estaba bueno, le diría que deje de hablar sobre la cantidad de minas que se movió este finde porque eso lo hizo entrar en mi lista de incogibles. La conversación consistía en el lindo anunciando todas sus hazañas y los otros tres sometidos riéndose, festejándolo, y por poco haciéndole una pedicura. De repente, el que estaba bueno se tuvo que ir, y los otros tres permanecieron en silencio por unos cuatro minutos hasta que el orejón dijo “Está buena la policía, no?”. Mátenlos, ya.

El tercer grupo me lo encontré cuando no me fumé a los dos anteriores y me mudé al piso de abajo a una mesa grande rodeada de estudiantes. Me gustaría llamarlos “Los químicos”. Ella, bajita, lentes, morocha, bastante complicada en su vestimenta, le explicaba química a él, remera que dejaba ver la buzardita, peinado casquito, complicados los dos vamos a ser sinceras. Él le miraba la boca a ella mientras hablaba pero era muy, muy, pero muy virgen para animarse. Encima, quería hacerse el gracioso y los chistes eran pésimos. Vergüenza ajena. Ella lo miraba con cara de ogt. Él, no entendía nada de lo que explicaba y ella subió a buscar un café para armarse de paciencia, supuse yo. Él, que por cierto si tengo que ponerle un nombre sería Pancrasio, llamó a un tal Fede para decirle que “Si ya le dió al feo de Jere por qué no me da bola a mi” y entraron en una discusión sobre quién era más feo, si Pancrasio o Jere. No conozco a Jere, pero dudo seriamente que Jere sea más feo que este chabón. En qué termino la conversación, no lo sé, porque logré concentrarme en La Antigua Grecia, pero se ve que Fede es bueno lavando cerebros porque la de lentes bajó y a los quince minutos se la estaba comiendo. Casi que le toco el hombro para decirle 1) Pasame el número de Fede a ver si me animo a encarar al que me gusta 2) No da comerte a alguien así en el medio de la mesa de estudio. Todos los participantes de la mesa vimos el momento, intercambiamos miradas y nos sentimos muy losers.

Por último, el cuatro grupo es nominado “Por ellos me fui de Starbucks”. Se ve que la mesa de estudios pasó a ser mesa de garche gracias a los químicos porque bajaron dos parejas más y no pude soportar más las palabras gordo, amor, bebita, princesa, amorete, así que volví a subir y me senté en una mesa al lado de la entrada. A los cinco minutos, entra una mujer con un carrito y dos hijos más: una nena de unos ocho años y un nene de aproximadamente cinco. La mujer estacionó el carrito a mi lado (que por cierto estaba compuesto por el bebé más feo en la historia de los bebés) y les dijo a Fulanita y Menganito que se queden ahí que ella entra al baño. A continuación, frente a la falta de control materno, Fulanita empezó a hacerle muecas a el bebé feo, que empezó a llorar y lo transformó con el hijo subdesarrollado de Frankestein, y Menganito comenzó a arrojarle a su hermana papeles del tacho de basura que se encontraba a su lado. Menganita lo miró con cara de odio, y se entraron a cagar a palos mal. O sea, se pegaban, arrancaban los pelos y yo miraba la situación con ojos brillosos, agradeciéndoles que me sirvieran esta columna, les juro que me faltaban los pochoclos. En una de esas, Menganito para, la mira fijo a su hermana, y escupe. Fulanita se mueve y el escupitajo cae sobre mi resumen de Narrativa I y yo, para esquivarlo, empujo mi café y se vuelca sobre mis apuntes. Arruinados, al menos la mitad. Esa fue una señal que mi estadía en Starbucks ya no era bienvenida. Junté mis hojas como una reina, miré con cara de orto a Fulanita y Menganito que se reían y me hicieron dudar si alguna vez quiero tener hijos, me colgué la cartera, abrí la puerta y me fui.

Entro a mi departamento con cara de desilusión, enojada porque no tendría que haberme trasladado nunca a esa multinacional del café, saco las hojas de mi cartera para que se sequen, se acerca mi hermana y me dice “Por qué la cara de ojete Cintia? No sabías que hoja manchada, materia aprobada?”. El martes les cuento y, en una de esas, le agradezco a Fulanito y Menganito.

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