domingo, 24 de noviembre de 2013

Crónica de un fantasma anunciado

Por @cgrinstein //


¿Qué es lo que tiene esto del mundo paranormal, los fantasmas y lo desconocido que nos pega tanto? ¿Qué causa tanto miedo? ¿Lo que no conocemos, lo que no controlamos? La maldita incertidumbre.
Por mi parte, siempre fui escéptica y partidaria de lo científico. De lo que veo con mis propios ojos. De esas personas que jugaron mil veces al juego de la copa (con unas copas encima) y no tuvieron miedo. De tenerle más miedo a las personas en carne y hueso. Nunca nada sucedía que me pruebe que los fantasmas existían, y no me creo las leyendas urbanas. Si le paso al tío del primo de tu vecino, no es verdad ante mis ojos.
Prestemos atención al uso del pasado cuando hablo del hecho que “nunca nada sucedía”. Me mudé a la calle Uriburu entre Viamonte y Tucumán hace tres años y medio. Para los que no son habituales de estos lados, les cuento que si hay algo que caracteriza a mi cuadra son los edificios particulares con los que cuenta. Uno la AMIA, lugar donde 86 personas perdieron la vida en un atentado el 18 de Julio de 1994 y otro, nada más y nada menos, que la morgue Judicial. El primero se encuentra junto a mi departamento, separados simplemente por un kiosco. El segundo se ubica enfrente a mi ventana. Linda vista.
Los rumores paranormales que rodean al edificio son moneda diaria. Tras un año de asistir a tres reuniones de consorcio, comenzaba a creer un poco en la historia. El del quinto, obsesionado completamente con este tema, siempre lograba meter en algún recoveco de las conversaciones sobre cañerías y puertas rotas un “A mí me desapareció otro par de zapatos” o un par de “Mi colección de libros se cayó sola”. Pero no era solo él, sino que otras personas asentían como si fuera algo diario de sus vidas que los libros volaran de la repisa al sillón como arte de magia. Y siempre, siempre, alguien aportaba una historia nueva.
En la reunión de Junio del 2012 fue mi turno. Y, de verdad, pensé que jamás me pasaría. Si, reconozco que muchas veces me desaparecieron cosas inexplicablemente, o que mi única compañía, mi perro salchicha, le ladraba constantemente a espacios de aire por un largo periodo de tiempo, sin manera de calmarlo. Pero como ya dije, una persona que no cree en esto, no intenta encontrarle explicación. Y, lectores, les juro que la historia que voy a contar a continuación es 100% real.
Una noche, cerca de las 3 de la mañana, me encontraba profundamente dormida y me despertó Teo con un par de ladridos ahogados. Se levanta de un salto, me destapa y se dirige a la entrada trasera de mi departamento. Esa entrada jamás la uso, ya que conduce a un cuarto repleto de objetos inútiles que quedaron olvidados. Desde que me mudé debe haberse usado dos veces, y desde entonces permanece cerrada con llave. Doble. Arriba y abajo, con traba. Tras un lago rato en que el perro no se calmaba, decido dirigirme hacia el lugar en discordia a ver qué sucedía. Me asomo por el pasillo y noto que la puerta estaba abierta de par en par. Y se movía, tambaleaba como si una brisa de viento la golpeara y cada vez que se disponía a cerrarse, se volvía a abrir. Un frío atravesó mi cuerpo, de pies a cabeza. Corrí los seis pasos que separan el cuarto misterioso con mi habitación, metí al perro y comencé a respirar entrecortadamente, buscando soluciones lógicas. La primera, claramente, fue que me habían entrado a robar. Llamé a mi mama, que estando a 700 km dudo que pudiera solucionarme mi problemita. Pero es una madre, ellas solucionan todo, supuse. Error. Mi madre entró en más desesperación que yo. No ayudó ni un poco. Tras varios minutos de mantener silencio intentando detectar sonidos provenientes del resto del departamento, tomé coraje, agarré un cúter que tenía en mi escritorio  con la mano derecha, abrí la puerta y empuje a mi perro con la pierna para que vaya adelante mío. Les juro que me miró con odio. Nunca, jamás tuve tanta adrenalina corriendo en mi sangre. El pasillo que separa mi cuarto del resto del departamento en mi vida pareció tan oscuro, ni tan largo. Caminé prendiendo cada luz que se me cruzaba, maldiciendo a todos mis vecinos ya que cada sonido proveniente de los pasillos del edificio eran balazos para mi corazón, que bombeaba a mil por segundo. Recorrí el living: nada. Crucé la cocina: nada. Entré a los dos baños: Nada. Solo quedaba el cuarto satánico. Me decidí, con mi madre en el teléfono al borde del llanto, entrar. Maquiné mil situaciones en mi cabeza en menos de un minuto. En todas, absolutamente todas, terminaba muerta. La cantidad de objetos que caracterizan ese cuarto dan mucho espacio para que alguien se esconda entre las sombras. Buenísimo. Con mi perro entre las piernas, dí pasos mínimos hasta acercarme a la llave de luz que tuve mucho pánico de prender. La prendí, la puerta se cerró repentinamente a mi costado y pegué el grito más fuerte de mi vida. No había nada. Nada de nada. Nada ni nadie. Ni tampoco una explicación coherente a 10 km a la redonda.
Es el día de hoy que sigo sin entender que sucedió esa noche de Junio. Si la puerta se cerró por un empujón inconsciente mío. Si alguien pudo burlar mis dos cerraduras que, por cierto, estaban intactas. Si la puerta falló, cosa que jamás hizo desde entonces. Si era una persona que entró solo para ver el decorado de mi departamento, ya que ningún objeto faltaba. No lo sé. Y ya dejé de intentarlo. Creer o explotar, me dijeron varios vecinos, bienvenida al edificio.

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